Pobres toros y ‘Salgamos del armario y llenemos las plazas’

De toros y toreros: Sebastián Castella y 

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Pobres toros

Cada vez que leo algo sobre la ley animalista de Baleares, las reglas que establece, las reacciones que ha provocado, siento pena por el único afectado en todo esto: el toro bravo. Despojado de solemnidad, insultado, amarrado a su forzada e inesperada condición de mascota. Imagino un futuro de ganaderías convertidas en parques de atracciones con toretes de esos que salen en los vídeos virales –los juguetes de los adultos convertidos en pasto intelectual- que se dejan acariciar, a los que se les puede dar de comer con la boca, montar en ellos, que corretean sobre hierba artificial.

Venderán productos para ducharlos, limpiarles los dientes y ponerles pañal, completando el círculo de atenciones del galgo de salón a la dehesa y de ahí supongo que a la Sabana, el último reducto donde las criaturas hacen lo que siempre han hecho: correr, dormir, comer y dejarse comer. Pobres toros.

También pierde la región, el país, la Historia, los aficionados, parte de una cultura universal con ese disfraz de buenas intenciones. La tauromaquia tiene sentido porque se cumplen todas las suertes, las reglas, que son la única manera de respetar al animal sacrificado. El rito es tan exacto que cada instante es un suspiro de admiración por el bicho que puede atravesar a un muchacho, matándolo. No hay ningún capricho, no obedece a un gusto sádico, joder, nadie va a una plaza a paladear la sangre.

Avergüenza tener que recordarlo por la falta de respeto que supone a todos los que nos han precedido en esta afición. Cualquier variación rebaja al toro de categoría. No hay necesidad de enfrentarse a él si por compasión no se le puede picar, ni poner banderillas, si está la lidia falsificada. Vaya fiera, que no aguanta más de 10 minutos en pie. La tauromaquia ya no necesita valientes.

Nunca lo entenderán. Es su problema, que en realidad es el nuestro. Nadie ha sido capaz de ponerlo en valor, siempre pendiente el sector del milagro. En casa de Matilla nunca llega. No llegó tampoco en Barcelona. Habría que empezar a plantearse la frontera de los antitaurinos y quizá acercarla más, vamos, dibujarla en casa. La sangre está apartada. La muerte, escondida. No sé si lo que molesta es el hecho de que alguien sea capaz de darle dignidad a los últimos minutos de vida de un ser sin abrazarlo, acariciarlo o compadecerse de él.

La igualdad está en la lucha, no en el trato infantil. Si va a morir igual. La corrida a la balear es elegir lo mediocre. No queda nada sublime, ningún destello. En Baleares han conseguido algo peor que en Cataluña. Prohibir tenía sentido. Sólo se le faltaba el respeto a las personas. Ahora, los animalistas, han conseguido lo imposible: faltársela también al toro.

De toros y toreros: un lugar para el aficionado en la boca del león.

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Carta al Director de El Mundo de Sebastián Castella

Sr. Director:

Mi nombre es Sebastián Castella y soy matador de toros. Sé que en los tiempos que corren no es la mejor carta de presentación, pero precisamente por eso me dirijo a usted, cansado de que los toreros nos hayamos convertido en moneda de cambio política y nuestra imagen sea vilipendiada día tras día en el panorama informativo.

Soy francés, afincado en España desde hace casi veinte años. Siempre he admirado a los españoles como pueblo que, históricamente, ha defendido y luchado por su libertad. Y ahora, sinceramente, no lo reconozco.

Cada día presencio con estupor cómo se vulneran derechos fundamentales que, como ciudadano europeo, me corresponden: el derecho a la libertad y la seguridad que reconoce el artículo 6 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea; el derecho a la libertad de pensamiento recogido en el artículo 10 del mismo documento; el derecho a la libertad de expresión y libertad de las artes amparados por los artículos 11 y 13 de dicha carta; o la prohibición de cualquier tipo de discriminación reconocida por el artículo 21 de ese mismo documento.

Si de las leyes españolas hablamos, como ciudadano francés residente en España me irrita ver cómo se vulneran diariamente, cuando al toreo se refiere, los artículos 14 (“Los españoles son iguales ante la ley”), 18 (“Se garantiza el derecho al honor”), 20 (“Se reconocen y protegen los derechos […] a la producción y creación artística”) ó 35 (“Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo”).

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Porque, en efecto, aquellos que estamos en el mundo del toro, como profesionales o como aficionados, somos ciudadanos de segunda, a quienes se nos cercena nuestra libertad de expresión y creación artística en nombre de una presunta corriente animalista que no encierra más que una persecución política e ideológica. Se vulnera nuestro derecho al honor acusándonos día tras día de asesinos y se nos priva de nuestro derecho al trabajo cerrando plazas por capricho de quienes, enarbolando la supuesta bandera de la progresía, se creen en el derecho de arrebatarle la libertad a un pueblo que necesita gobernantes que gobiernen por y para todos, incluidos los que les gustan los toros, que somos unos cuantos millones en toda España.

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El problema, Sr. Director, es que está mal visto decirlo. Pero o se acaba el tiempo de la vergüenza o se acabará el nuestro. Y primero cercenarán nuestra libertad, y después seguirán muchas otras. Por eso desde estas líneas quiero hacer un llamamiento no solo a los aficionados a los toros o a los que alguna vez han pisado una plaza, sino a todos aquellos que quieren un país libre, libre de verdad: vamos a juntarnos, a darnos la mano; vamos a alzar la voz y a decir con orgullo que queremos ejercer nuestra libertad para ir a los toros sin que nos acorralen en las puertas de las plazas; para decir que nos gustan los toros sin que nos llamen asesinos. Porque hoy son los cosos taurinos, pero mañana será cualquier otra manifestación artística que no les caiga en gracia. El pensamiento único es así.

El toreo no es de izquierdas ni de derechas. No es político. Es de poetas, pintores y genios. De Lorca y de Picasso, dos artistas poco sospechosos de fascistas ni asesinos. Es del pueblo.

Salgamos del armario y llenemos las plazas. Tomemos las calles. Son tan nuestras como de los prohibicionistas. Y nosotros somos más. Y podemos gritar más fuerte.

Diría que es la hora de indignarse, pero no quiero usar palabras manipuladas de antemano. No hay mayor verdad que la de un hombre ante un toro bravo. En nuestra mano está que no nos la quiten.

Atentamente,

Sebastián Castella

RUFIAN contra el PP en un discurso antitaurino…

 

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