De programas electorales, la mendicidad y la violencia

Pisando charcos

ANTONIA CHINCHILLA 07.03.2015 | 04:57

De programas electorales, la mendicidad y la violencia

De programas electorales, la mendicidad y la violencia

 Me gusta escribir insertada en la actualidad, me propongo evitar hablar de política y de crisis pero poco queda por tocar si quieres candelero, que no candelabro como decía la Mazagatos. Estos días se habla mucho de listas, de programas políticos, de la repercusión en el bipartidismo de la nueva fuerza Podemos y de la que se ha montado. Los espectáculos de los más famosos no dan cancha para debates y cuchicheos como los que está proporcionando, entre otros, el señor de la coleta, incluidos sus enfados cuando algún profesional le pregunta por el caso Monedero. Se habla mucho de carteras, de monederos políticos. Dice Rajoy: «Los radicalismos no han hecho nada positivo en la historia» y da una llamada a combatir los populismos afirmando que ni son buenos ni son nuevos. Pregona Pedro Sánchez que «se acabó el tiempo de Rajoy» y se compromete a abrir las listas electorales. Pura palabrería.

Falta lo más importante, lo que realmente conocemos los ciudadanos de los partidos políticos de nuestro país. La mayoría piensan que el cumplimiento de los programas electorales debería de ser exigido al tratarse de un compromiso de acción una vez ganadas las elecciones. Toda entidad de interés público tiene unos ideales que necesitan ser llevados a ejecución. Ese es el objetivo del programa político, alcanzar las metas trazadas para satisfacer las necesidades que demanda la sociedad y debería mantenerse firme porque estamos ante un plan de acción que requiere de fundamentación con base para hacerlo posible.

Ante el panorama político actual la pregunta sería: ¿están los partidos prestos para afrontar los modernos tiempos? En la historia ha quedado escrito que, desde la primera intervención de Suárez como presidente del Gobierno, se apreciaba un discurso que provenía de una persona altamente reconocida y respetada en su auditorio pues el hecho de haber estado designado por del Rey le arropa con su prestigio.

Su objetivo era integrar al auditorio y en ello depositaba todo su interés. No había exclusiones, solo las propuestas del órgano colegiado. Es necesario que los programas políticos no deberían apoyarse en ninguna otra estrategia que el interés de los ciudadanos, olvidando el interés del voto. Cuando se crea una empresa y se hace pensando únicamente en los beneficios, en el lucro económico, se está creando un fracaso. Si por el contrario se crea con la finalidad de dar un buen servicio, el más rápido, el más eficaz, creciendo en atenciones al cliente, con personal cualificado preocupándose por cada uno de ellos, y trabajando en la fidelización de estos, la empresa dará pasos cuantitativos y cualitativos y, como fruto de una buena gestión, tendrá unos clientes fieles que generan ganancias. ¿Por qué no extrapolar este modo de actuar a la política?

Los programas están repletos de metas como el mítico baúl de la Concha Piquer estaba de trajes. Se habla mucho de programas, pero en ellos se aprecian carencias. En muchas ocasiones me hubiera gustado tener una varita de mando para implantar dos cosas que parece pasan desapercibidas en esos dilatados programas. No se contemplan, porque no son discurso político y porque podrían ser susceptibles de debates, según alguna opinión. Francamente, hay dos cuestiones que me preocupan, que vivo cada día y que no pienso seguir mirando para otro lado.

En primer lugar, creo que es muy importante recoger en un programa la erradicación de la mendicidad. Cada dos metros en las calles céntricas de Alicante, por poner un ejemplo, hay un mendigo pidiendo. Cada noche hay personas sin techo en las calles, cada día, si te sientas en cualquier terraza de la ciudad, te visitan una media de tres indigentes pidiendo y repitiendo incansablemente aquello de «dame argo». Es una situación alarmante: ni comedores, ni albergues, ni servicios sociales, ni asociaciones, ni instituciones hasta la actualidad han dado una solución radical al problema. Un problema que debe verse en tres dimensiones: la del sufrimiento de esas personas que no pueden abastecerse por sí mismos y adquieren el rango de dependientes de la sociedad. La de la imagen de poca higiene que presenta la metrópolis ante ciudadanos y visitantes, pues parece un claro termómetro de la relajación por parte de las instituciones en esta materia. Y por último, la delincuencia encubierta que hay tras las bandas de personas que provienen de países del Este, organizadas, que descargan en furgonetas ante los ojos invidentes de todos, al colectivo, reducido a Dios gracias, de personas que piden para dárselo a no se sabe quién. Afirmo: tengo la solución a todo esto sin coste para las instituciones. Se trata de una adecuada gestión.

El segundo caso flagrante es la violencia. No solo la de género, que ya es mucha en los centros educativos desde institutos a universidades, sino la doméstica. Van en aumento los casos en los que los hijos ejercen la violencia sobre sus padres. Considero que se debería trabajar mucho más en materia de prevención. Es un tema de alta sensibilidad. Una realidad que sufren muchas familias.

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