EL ARPONERO INGENUO: Contra las tragaderas / PEDRO J. RAMÍREZ

“¡Cuántos infelices habrán muerto añusgados sólo por habérseles atravesado en el esófago la espina de un besugo de Asturias o de un abadejo de Terranova, o el hueso de una guinda de Aranjuez, o el de un pavo de tierra de Campazas!”.

Así comenzaba la Capillada número 229 del Fray Gerundio que Modesto Lafuente publicó el 10 de marzo de 1840. Se trataba de un periódico satírico que tomaba su nombre de un imaginario fraile exclaustrado por la desamortización de Mendizábal. Era el fruto en agraz de la fértil prosa del joven liberal que luego adquiriría fama imperecedera como autor de una monumental Historia de España.

No faltarán hijos de la LOGSE que consideren rareza o casualidad que a ese chico le pusieran el mismo nombre de la menestral calle chamberilera, pródiga en restaurantes exóticos, que baja desde Orense hasta Martínez Campos; pero lo cierto es que si alguien recogió con calidad literaria, brío e ingenio el cetro del periodismo crítico tras el suicidio de Larra fue Modesto Lafuente. Su Fray Gerundio -no confundirlo con el protagonista de la homónima novela del padre Isla publicada el siglo anterior- había nacido en 1837 en la covachuela que Lafuente ocupaba en el gobierno civil de León y había alcanzado tal éxito como comentarista satírico de la actualidad, mano a mano con el lego Tirabeque, que un año después el autor y sus criaturas ya estaban instalados en Madrid abasteciendo de capilladas -que así es como se llamaba a todo buen azote con la capucha de los frailes- a un público masivo y fiel.

Ilustración: JAVIER MUÑOZ

Cual nuevos Quijote y Sancho, alternando el latín macarrónico con el habla popular, Fray Gerundio y Tirabeque, surcaban el páramo político de la regencia de la Reina Gobernadora María Cristina de Nápoles, tocando las narices a los gobiernos moderados de la etapa contrarrevolucionaria que sucedió al bienio progresista surgido de la sargentada de La Granja. Aquella Capillada 229, que desató la intolerancia ministerial en forma de orden de secuestro, se titulaba “Las Tragaderas” e iba dedicada a la facilidad con que la mayoría gubernamental daba por buenas en las Cortes las actas de las elecciones amañadas que llegaban de provincias.

Tras ese inicial memento a los “añusgados” difuntos, Fray Gerundio evocaba sus propios apuros en el refectorio el día que se le atravesó una espina de bacalao, equiparándolos a los del prócer que se ve obligado a elogiar a un detestado compañero de partido. Si entonces hablaba de Pidal y Toreno, hoy habría puesto como ejemplo los desgarros que debió sentir Rajoy en faringe, laringe y esófago presenciando las aclamaciones que Aznar recibía a costa suya.

Frente al angustioso itinerario que va de la sofocación al ahoguío, camino de la disnea, Fray Gerundio no recataba su envidia hacia “los que tienen las tragaderas anchas”. Y ponía como ejemplo a los siempre dóciles diputados del partido en el Gobierno: “¡Alabado sea Dios, qué fauces tan holgadas deben ser las suyas! Para ellos no hay espinas ni huesos en las actas. Vedlos si no, hermanos míos, ved como abren las mandíbulas. Como ruedas de molino son algunas actas pero el hecho es que se las tragan, algunas después de una pequeña masticación, otras enteras y como quien se engulle una cucharada de cuajadillas frescas”.

Cualquiera diría que esa singular “aptitud esófago-mandibular” mediante la que la boa constrictor completa la depredación del saurio es una característica genética que el parlamentarius hispanicus transmite y perfecciona de generación en generación cual legado pujoliano. Si los diputados del PSOE heredaron de los tiempos de la República el sobrenombre de “mayoría de cemento” era por su capacidad de engullir impávidos hasta cascotes de hormigón armado o paletadas de cal viva y así lo demostraron durante el felipismo con el referéndum de la OTAN y los crímenes de los GAL.

Cuando se sometió a votación en el grupo parlamentario el respaldo a la invasión de Irak que casi todos repudiaban, los diputados del PP no sólo arroparon a Aznar como un solo hombre sino que alguno se las apañó para votar dos veces y que no quedara duda. En medio de la hecatombe de mayo de 2010 el único que le falló a Zapatero a la hora de refrendar el recorte de las pensiones y los sueldos de los funcionarios fue el sindicalista Antonio Gutiérrez que incurrió en el sublime heroísmo de abstenerse.

A nadie podía sorprenderle pues que en el Pleno de la Vergüenza del 1 de agosto de 2013 sus señorías populares fingieran ignorar la presunción de los sobresueldos y la constancia de los SMS para aclamar a su Estafermo cuando, diciendo “me equivoqué”, pretendió circunscribir su responsabilidad por la sistemática financiación ilegal del partido al error “in eligendo” de haber ascendido a Bárcenas. Puesto que ni un solo corcel, jamelgo o percherón tampoco esbozó luego el más tenue relincho en la cuadra del partido cuando el estólido en su estrago mintió a la cadena SER alegando que escribió los mensajes de texto -la fecha del “Luis se fuerte” es la pistola humeante- porque no sabía lo que sí sabía, cabe pensar en efecto que si el eximio líder apareciera en un vídeo apuñalando a una ancianita, la mesnada popular clamaría al unísono contra la muy zancarrona por abalanzarse sobre él cuando se disponía a abrir el correo.

Pero una cosa es que de los polvos de las listas cerradas y bloqueadas y la barra libre de la financiación pública de los partidos, sin la exigencia simétrica de prácticas tasadas de democracia interna, hayan surgido los actuales lodos que rebozan a esta casta despreciada y despreciable y otra mucho más grave que se nos pretenda tratar al conjunto de los ciudadanos como si formáramos parte de esa misma horda de gaznápiros zangolotinos.

Siendo cierto que como clamó Miguel Cabrera de Nevares en el gaditano Duende de los Cafés, cuando Fernando VII restableció el absolutismo en 1814, “si no hubiera esclavos no habría tiranos”, es urgente liberar a la prensa de sus actuales cadenas para que pueda proporcionar cada día los antídotos que hagan vomitar a los españoles los guisos envenenados que las cocinas de la partitocracia pretenden embaularles.

No hay mejor remedio para la lacayuna enfermedad de las mandíbulas laxas que la memoria y la argumentación. Por eso una vez que el juez, el fiscal y el abogado del Estado consideran probado que el PP mantuvo durante años una caja B nutrida de donaciones en metálico con la que pagaba gastos de toda índole, procede darle una y otra vez al replay en el minuto 9,25 del vídeo de la comparecencia de Rajoy el 2 de febrero de 2013: “En este partido no se pagan cantidades que no hayan sido registradas en la contabilidad ni que de cualquier otra manera sean físicamente opacas. No es cierto que hayamos recibido dinero en metálico que hayamos ocultado al fisco”.

2

El lunes en Tele 5 ya cambió de mentira -como quien sustituye una herencia infamante por un legado inocuo- y dijo que ni él “ni los dirigentes del partido que conozco” sabían que eso estuviera ocurriendo puesto que la caja negra “era de alguien, no del PP”. O sea que Bárcenas tenía allí un dinero sucio pero su alma era tan limpia que lo dedicaba a untar al arquitecto para que reformara con especial mimo las dependencias nobles de la casa a fin de que su jefe leyera más mullida y confortablemente el Marca.

Tratándose de asuntos muy distintos pero de la misma manera de concebir “la mentira como forma de ejercicio del poder” -certera expresión de Santos Juliá-, permítaseme dirigirle hoy a Rajoy uno de los párrafos de mi carta abierta a Felipe González cuando hace 10 años respondió a la confesión de Amedo con desmentidos igualmente enfáticos e inverosímiles:

“Lo que usted pretende no es encabezar una sociedad democrática sino una secta de comulgantes con ruedas de molino. Usted pretende corrompernos. Usted pretende instalarnos perpetuamente en la mentira… Usted pretende envilecernos, obligándonos a seguir adelante como si nada hubiera sucedido, como si no supiéramos lo que ya sabemos, como si los conceptos de legalidad y moralidad no significaran nada para nadie, como si todos fuéramos oportunistas, cobardes o cerriles, como si todos nos apellidáramos como esos prohombres de su partido que por caridad hoy no mencionaré”.

En iguales términos podrían dirigirse los andaluces a Susana Díaz por no depurar responsabilidades sobre los ERE o los catalanes a Artur Mas por pretender llamarse andana respecto a la corrupción del clan al que pertenecía. Y lo peor del caso es que la requisitoria empieza a ser también de aplicación a quien se presenta como abanderado de la nueva política. El mesiánico noli me tangere con que Pablo Iglesias ha reaccionado a las denuncias que afectan a su entorno -“Cuando tocan a Errejón, a Monedero o a Tania me están tocando a mi”-, como si Robespierre hubiera sido trasplantado al cuadro de Correggio, ya nos lo sabemos bien. Está a dos palmos de narices de la sin par doctrina de los estigmas que embalsamó al incorruptible señor X.

De ahí que el Español Ejemplar de la semana haya sido el valiente que entre los abucheos de los asistentes al mitin podemita de Valencia tuvo los pelendengues de desplegar una luminosa pancarta transgeneracional: “Señor Iglesias, espero no cantarle El Cuervo Ingenuo“. Como bien sabe Pablo Iglesias que no ha mucho la entonó a dúo con su autor, se refería a la mítica canción en la que Javier Krahe fustigaba la voltereta de González sobre la OTAN en un idioma comanche homologable a los latinajos de Fray Gerundio: “Lo que antes ser muy mal/ permanecer todo igual/ y hoy resultar excelente”. Yo la hubiera repartido en octavillas durante el auto sacramental de este sábado en Sol para evitar que el baño de masas desembocara en nuevas levitaciones del Kirie Eleison vallecano.

Pues bien, ante la estirpe indomable de Viriato a la que pertenece ese desconocido Español Ejemplar de la pancarta -ante ti, ante ti y ante ti también- hoy me comprometo a que la ejemplaridad de EL ESPAÑOL consistirá en no bajar jamás la guardia del racionalismo crítico y en hablar muy alto y claro pero apresurándose a cerrar la boca para que jamás se cuelen en ella ni las sabrosas tentaciones del poder ni el dulce soborno del halago. Los enemigos de EL ESPAÑOL no serán el mundo, el demonio y la carne… sino las tragaderas.

Por eso termino mi Capillada de hoy con la misma exhortación que introducía la primera de Fray Gerundio. “Lector, suscribe, amicique erimus ambo et ¿ubi malius posses gastare duretem?”. Y con su traducción libre por Modesto Lafuente: “Suscríbete, oh lector, yo te conjuro; serás amigo mío eternamente, ¿y en qué mejor podrás gastar un duro?”. Si no eres todavía accionista, súmate al empeño. Si ya lo eres, enrola a un amigo. Demos vida a EL ESPAÑOL, cambiemos España. Hagámoslo juntos.

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