El PSOE, capo de la droga nacionalista en España

2008/2/19 18:30:00 (1020 reads)

El nacionalismo se ha convertido en el verdadero opio de la democracia

A la chita callando en España y en general en la Europa que logró levantar para siempre el Telón de Acero ha ido germinando, creciendo y multiplicándose una ideología que a la postre está resultando ser mucho más peligrosa y liberticida que el comunismo y que no es en realidad sino una variante del fascismo…
O sea que, para los nacionalismos, la unidad de medida de la condición humana no es el individuo sino el grupo nacional vinculado al territorio…

Este domingo en su columna semanal cartas del director, Pedro J. Ramírez escribe un artículo que en su erudición nos describe un episodio erótico lingual, o como hacer el amor en muchas lenguas utilizando también la propia. Dejamos esta introducción sobre Pierre Bayard o “Cómo hablar de los libros que usted no ha leído” y   de “”Mis libros no escritos” del gran pope de la erudición y el pensamiento George Steiner  y su  «donjuanismo del políglota»” del que termina diciendo: “Cualquiera diría que al eximio profesor, en ésta su salida del armario como incansable Don Giovanni de los circuitos académicos, sólo le ha faltado a su lado un Leporello que le llevara las cuentas como en el libreto de la ópera de Mozart: «En Italia seicento e quaranta; in Almagna duecento i trentuna; cento in Francia; in Turchia noventuna; ma in Ispagna son già mille e tre»”, y nos centraremos en su segunda parte cuando lo hila a la imposición de las lenguas nacionalistas y “cómo el único voto útil será el que frene al nacionalismo”

A la chita callando en España y en general en la Europa que logró levantar para siempre el Telón de Acero ha ido germinando, creciendo y multiplicándose una ideología que a la postre está resultando ser mucho más peligrosa y liberticida que el comunismo y que no es en realidad sino una variante del fascismo. Habrá nacionalistas más de izquierdas y más de derechas, más pacíficos y más violentos, más moderados y más radicales, más simpáticos y más antipáticos, pero todos comparten la aberración de considerar que los seres humanos pertenecemos a grupos nacionales diferentes entre sí, que esos grupos moldean nuestra identidad y que no podemos ser entendidos como personas plenas más que en función de esa pertenencia.

O sea que la unidad de medida de la condición humana no es el individuo sino el grupo nacional vinculado al territorio. Un grupo nacional -de nuevo Berlin- que «funciona como un organismo vivo» y que automáticamente convierte sus necesidades de autodefinición, cohesión y desarrollo en objetivos comunes de cuantos lo integran. Por eso el nuevo Estatuto catalán habla del «deber cívico de implicarse en el proyecto colectivo» que no es otro sino «la construcción nacional de Cataluña».

Gustará o no reconocerlo pero el nacionalismo se ha convertido en los cuatro puntos cardinales de España -como en muchos otros lugares del mundo- en el verdadero opio de la democracia. También en una formidable base de poder que entontece a la ciudadanía y permite todo tipo de abusos -desde la condescendencia con el terrorismo en el País Vasco a la cleptocracia modelo Unión Mallorquina, pasando por el delirio de las galescolas- a la elite de fanáticos y oportunistas que se han erigido en expendedores oficiales del estupefaciente.

Desde el tridente formado por CiU, el PNV y BNG que ya se apresura a dictar duros términos de negociación a quien quiera formar gobierno tras el 9-M, amén de ignorar la viga en el propio ojo, se insiste en denunciar la paja en el ajeno, presentándose como representantes de las naciones sin Estado, oprimidas por el nacionalismo español. Y yo pregunto: ¿cuáles son las expresiones de ese presunto nacionalismo español? ¿El Estado de las Autonomías que lo ha fragmentado y repartido todo hasta pasarse sin duda de frenada? ¿La aquiescencia de Zapatero a convertir en «discutido y discutible» incluso el concepto mismo de soberanía nacional? ¿Las promesas de Rajoy de que los padres verán garantizado el derecho a decidir en cuál de los dos idiomas oficiales deben ser escolarizados sus hijos y los comerciantes podrán poner los carteles de rebajas en el idioma que les dé la gana? ¿O el desestabilizador anuncio de Esperanza Aguirre de que, a nada que exista demanda, financiará en Madrid un colegio público con el nombre de ‘Presidente Tarradellas’ en el que se ofrecerá la dualidad de modelos lingüísticos que sistemáticamente se hurta a los catalanes?

España, como todos los Estados-nación europeos, ha podido ser muchas otras cosas a lo largo de la Historia, pero la mejor prueba de que hoy en día no es nada más, y nada menos, que un marco de garantías democráticas orientado a potenciar las posibilidades de prosperidad colectiva y perfeccionamiento individual está en el embrollo en el que se metió Maragall cuando reclamaba que se llamara de otra manera para poder relacionarse de tú a tú con las naciones vasca, gallega o catalana. A la vez que añoraba la fragmentación de los reinos medievales cuando la Corona de Aragón podía llevarse bien o mal con la de Castilla, estaba implícitamente reconociendo que la identidad de la España constitucional se halla hasta tal punto vinculada a su pluralidad que si se produjera su mutilación, ni siquiera tendría sentido que siguiera llamándose de la misma manera.

Pero España no es tampoco esa especie de coyuntural Imperio Austro-Húngaro cuyos despojos pretenden repartirse los trepas de CiU y el PNV y los talibanes de Esquerra, el Bloque o Batasuna. España o Hispania siempre ha estado ahí, reconocida por los iberos, los romanos y los visigodos, y ese estar ahí ha ido acompasando -como diría nuestra presidenta Carmen Iglesias- la acumulación de las «capas asfálticas» que formaban el pavimento de su identidad por el que todos deambulamos hoy con el propio desarrollo de la civilización humana, hasta desembocar en una democracia parlamentaria que potencia y protege la diversidad. Son los nacionalistas los que ahora le han dado la vuelta a la tortilla, tratando de imponer -imponiendo ya en muchos casos- forzadas uniformidades monolíticas, bajo el estrecho control de lo que no son sino trasuntos de la Brigada Político Social del franquismo.

Y por mucho arte y simpatía que le eche Zapatero a la tarea de tratar de dividir a los españoles en dos categorías ideológicas cada vez más ficticias, en los últimos cuatro años aquí no ha habido más «drama» ni otra fuente de «tensión» sustancial que la complicidad del PSOE con los principales capos de los carteles de la droga nacionalista. Allí donde hay una mafia nacionalista restringiendo derechos universales e imponiendo deberes aldeanos, hay un aliado de Zapatero. El último episodio ha sido el anuncio del Ayuntamiento de Barcelona de que incluirá en sus planes de inspección de las barriadas la vigilancia para que se cumplan las normas de rotulación obligatoria en catalán. El penúltimo, la patética petición del presidente de la Diputación de Barcelona Celestino Corbacho, supuesto último mohicano de la españolidad del PSC, de que, aun siendo el catalán «la lengua propia de Cataluña» -lo cual equivale a decir que el chino, el árabe y el español son ajenas-, no debería subtitularse a quien se exprese en castellano en TV3. Y el antepenúltimo, la traslación a Galicia de todo el tinglado de las obligatoriedades catalanas en escuelas y tiendas.

Es evidente que lo que ensalza Steiner dentro de sus «Unwritten books» es otro tipo de «inmersión lingüística» y es lógico que, a la luz de su experiencia, le parezca que «cada idioma desafía a la realidad de una manera única» e incluso que «la esperanza encuentra su potencia en la sintaxis». Con iniciales o sin ellas, he ahí la envidiable libertad personal del políglota. Dos lenguas pueden más que una y no es de extrañar que, con tanto trabajo acumulado, él tuviera necesidad de una tercera y hasta de una cuarta. Aquí nos encontramos en las antípodas, con un gobierno catalán presidido por un cordobés mediocre y opaco que mientras aprende a chapurrear esa única lengua impostadamente «propia» se entrega con el celo del converso a la tarea de hacerla obligatoria en toda manifestación de la vida pública sea de carácter administrativo, docente o comercial, proscribiendo o al menos relegando de todos esos ámbitos aquella que mamó con la leche de su madre.

Dando por seguro que hasta al infatigable profesor Steiner se le hubiera desmayado la «sintaxis» si el código semántico de cada uno de sus encuentros amorosos hubiera estado previamente regulado en función de la lengua «propia» del lugar, sólo cabe preguntarse si la razón por la que algunos nacionalistas aún no han llegado tan lejos es porque todavía no disponen de servicios tan eficaces como el CNI que hoy dirige Alberto Saiz, capaz de garantizar junto a sus empresas colaboradoras que cualquier acto privado pueda ensanchar el dominio de lo público cuando, como dijo aquél, lo «aconseje la jugada».
Por mucha simpatía que le eche Zapatero, aquí no ha habido más «drama» ni otra fuente de «tensión» sustancial que la complicidad del PSOE con los principales capos de los carteles de la droga nacionalista.

Galiza umha verdade ……………………………………….

Gora Euskal Herria   ……………………………………….

Erasmus en  Catalonia: nuestra lengua es el catalan, no el español

 

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